Esta obra escultórica fue concebida como una instalación integrada al paisaje natural del Cerro Chapelco. La figura representa un rostro híbrido, a medio camino entre lo humano y lo animal, con rasgos de león y una expresión intensa, casi primitiva. La boca abierta funciona como punto de surgimiento del agua, que fluye como un afluente natural del cerro, generando la sensación de que la montaña misma respira y se manifiesta.
La obra establece un vínculo directo entre escultura y naturaleza: el agua no es un elemento agregado, sino parte esencial del sentido de la pieza. El caudal que emerge desde la boca simboliza la energía vital de la montaña, la fuerza indómita del entorno patagónico y el carácter sagrado de los elementos naturales.
Instalada en un ámbito de alta montaña, asociado a la práctica del esquí y al contacto directo con el paisaje, Rostro de la montaña se presenta como una presencia ancestral, casi mítica, que remite a antiguas divinidades ligadas al agua y a las fuerzas telúricas. No se trata de una escultura para ser observada de manera pasiva, sino de una experiencia viva donde el entorno, el clima y el fluir del agua completan y transforman la obra de forma permanente.
