Esta obra surge de un encargo privado concebido para celebrar una historia de vida compartida. La composición reúne a los integrantes de una familia en una escena cotidiana y cercana, sentados en un banco como si el tiempo se hubiera detenido por un instante. Más que una representación física, la escultura busca preservar los vínculos, los afectos y la memoria construida a lo largo de los años, transformando momentos personales en una presencia permanente dentro del paisaje.
Emplazada en Chile, la obra fue desarrollada a partir de un minucioso trabajo de retrato escultórico, prestando especial atención a los rasgos, las expresiones y la gestualidad de cada figura. La disposición del conjunto genera una escena abierta y accesible, invitando a compartir el espacio con los protagonistas y convirtiendo la escultura en un lugar de encuentro entre generaciones. El resultado es una pieza que trasciende la conmemoración para convertirse en un testimonio material de la identidad familiar y del valor de los recuerdos compartidos.
